14.06.2026
La cámara huevo
Hace algunos años nos propusimos un desafío poco habitual: construir una cámara fotográfica utilizando un huevo de gallina.
La idea surgió de una pregunta sencilla. Si una fotografía puede realizarse con una caja, una lata o cualquier recipiente capaz de contener luz, ¿qué sucede cuando llevamos esa idea a un límite inesperado?
Vaciar el huevo, preparar su superficie, adaptarlo para recibir material fotosensible y transformarlo en una cámara funcional fue mucho más que un ejercicio técnico. Fue una forma de recordar que la fotografía también puede ser un espacio para la exploración, el juego y la investigación.
En un tiempo donde gran parte de la producción de imágenes ocurre de manera inmediata, los procesos experimentales nos invitan a detenernos. A observar cómo funciona la luz, a comprender los materiales y a descubrir que muchas veces el aprendizaje aparece cuando nos permitimos salir de los procedimientos habituales.
La cámara huevo nunca buscó convertirse en un método de trabajo eficiente. Su valor estuvo en el recorrido. En las pruebas, los errores, las correcciones y las preguntas que surgieron durante el proceso.

Durante algunos días tuvimos una docena de cámaras sobre la mesa. No provenían de una fábrica ni de un catálogo especializado. Las habíamos comprado en el almacén del barrio.
Creemos que una parte importante del desarrollo creativo nace precisamente allí: en la capacidad de experimentar sin conocer de antemano el resultado. Porque investigar no es solamente buscar respuestas. También es aprender a formular nuevas preguntas.
Muchas veces los proyectos más valiosos no son los que confirman lo que ya sabemos, sino aquellos que nos obligan a repensar lo que creemos posible.
Después de todo, pocas veces una docena de cámaras sirve para hacer una rica tortilla y unas fotos extraordinarias.
